La etimología de la profesión contiene la paradójica propiedad de ser desorientadora. Así es: uno piensa naturalmente que se trata de un tipo que se dedica al ganado. Sin embargo, no es tan directo el asunto. Joan Corominas quizás sea el más grande etimólogo del castellano. Otra de esas cosas de la vida: fue también un defensor feroz del catalán. Rechazó una silla en la RAE, pero aceptó con honor el nombramiento como académico honorario de la Real Academia de la Lengua Vasca. Antifranquista y catalanista, estuvo exiliado en Argentina, en Mendoza para ser más precisos, después de la Guerra Civil.

Aquí estuvo campeando en lo suyo, las palabras. Era un baqueano de conceptos. Corominas pensó que la idea de baqueano nacía de otro lado: del vocablo árabe baqiyya, lo restante, lo que queda. Los baquianos (estamos con be larga) habrían sido quienes permanecieron de expediciones anteriores y, por eso, conocían ya los caminos y peligros del lugar. La hipótesis es, digamos, rara, pero no por eso deja de ser decidora y, si me permiten, hasta hermosa.

Al mal tiempo: ¡Que lo tirol!

Para mi pobre registro de lecturas, el más grande baqueano fue un indígena nanái de la taiga del Ussuri, en el extremo oriental de Rusia, Dersu Uzala, el cazador que guió al explorador ruso Vladímir Arséniev y cuya historia inspiró la película de Akira Kurosawa.

Mark Twain lleva la idea a su perfección cómica en Un vagabundo en el extranjero. Un turista lector alienado de travesías por los Alpes, organiza una expedición con 17 guías y manda que todos avancen atados. Los guías sospechan que están perdidos, aunque no pueden asegurarlo. Tienen la fuerte impresión de estarlo, pero carecen de pruebas, salvo una: no saben dónde están.

Al mal tiempo: el chop infinito

Seleccionan a uno para que se adelante, atado a una larga cuerda. El guía deserta y, para no despertar sospechas, ata la cuerda a un carnero negro, al que los demás siguen durante todo el día. Se dan cuenta cuando el narrador reconoce a un chancho que se revuelca siempre en el mismo manantial. Señala que su repetida aparición y su invariable semejanza del chancho consigo mismo terminan por convencerlo de que debía de ser el mismo chancho.

El guía fugitivo fue un genio. Después de abandonar al carnero, encontró una vaca y la tomó de la cola, convencido de que sabría más que un guía. Cerca de la hora del ordeñe, la vaca volvió a casa y lo remolcó hasta el pueblo. Sin dudas, la forma más pura del vaqueano.